De valientes y traidores

Tania Tagle

A Didier que me enseñó a ser valiente

“¿Qué es puto?” pregunta mi hermana de seis años a mi mamá durante la comida. Es 1998, yo acabo de cumplir doce y escucho a Molotov porque me gusta un chico de mi colegio que se dice fan. Mamá me dirige una mirada recriminatoria y suspira: “Puto es un hombre al que le gusta otro hombre, mi amor. Pero eso no se dice, es una grosería muy fea”. La definición me deja helada, por obvia y por reveladora.

Entiendo de pronto que llamar a alguien homosexual es el peor insulto que se le puede hacer. Lo que no me queda claro es por qué. “Porque va en contra de Dios” dice mamá que tiene una respuesta para todo. Para ese entonces ya no estoy segura de creer en Dios, así que decido que no tengo nada en contra de los homosexuales y que para mí la palabra no es una grosería. Cuando, meses más tarde, escucho a la afición mexicana en el mundial de Francia gritando puto durante los partidos, lo único que puedo pensar es que son todos muy cristianos y muy religiosos. Y quizá no me equivoco.

Sin embargo, a pesar de que la sodomía está prohibida en la tradición judeocristiana, la connotación negativa que la práctica tiene en nuestra cultura no proviene de ahí. El término sodomitas tiene su historia en aquellos habitantes de Sodoma que al recibir a los mensajeros que anunciaban la destrucción de su ciudad intentaron violarlos. El acto sexual no era lo importante, sino haber faltado a las leyes de hospitalidad del judaísmo. Tanto la sodomía como el onanismo estaban penados simplemente porque su única finalidad era el placer sexual por encima de la reproducción. Al ser el hebreo un pueblo nómada y constantemente perseguido, la reproducción era lo único que garantizaba su supervivencia. Entre más numerosos fueran tenían más posibilidades de resistir. En el catolicismo, la homosexualidad se censura básicamente por el mismo motivo: no conduce a la procreación, es una búsqueda de placer puro y el placer no le gusta a la Iglesia, ¿para qué querría alguien esforzarse por ir al cielo si puede disfrutar en la tierra? Sin embargo, hereje, rebelde o iconoclasta no son parte de las connotaciones de la palabra puto. Tendríamos entonces que mirar hacia la otra tradición que nutre occidente, la griega.

Teseo y Pirítoo, Aquiles y Patroclo, Alejandro Magno y Hefestión. Para los griegos, el amor homosexual no sólo es natural y deseable, sino que es el más importante en la vida de los hombres. Cuando Apolo lanza un disco para jugar con su amante Jacinto y sin querer lo hiere de muerte aparece el primer registro del llanto de un dios. De sus lágrimas desesperadas brotará la flor que lleva por nombre Jacinto cuyos pétalos parecen estar manchados de sangre.

Platón explica largamente que ninguna mujer podrá experimentar jamás laphilia que existe entre dos hombres que se aman. Sin embargo, estas nociones llegan a nosotros filtradas por Roma y posteriormente por España. En este proceso, las relaciones entre los hombres griegos pierden su fundamento erótico pero conservan aquel que sí es compatible con el cristianismo: la misoginia.

En el Ática, los amantes (erastés), eran hombres mayores que buscaban la compañía de muchachos jóvenes, recién salidos del gineceo (erómenos).Visitaban la palestra con la intención de cortejarlos y volverlos sus protegidos. El amor que se establecía entre ellos no carecía de nobleza y dignidad pero se encontraba sometido a estrictísimas reglas que, entre otras cosas, lo condenaban a la fugacidad. El amante debía procurar ante todo a su amado, pero el amado no debía sentir deseo por su benefactor. Para conservar el honor tenía que entregarse de mala gana y jamás intentar cruzar miradas con el hombre que lo poseía. En cuanto el joven alcanzaba la edad adulta era abandonado y sustituido. Todas estas reglas tenían como único objetivo que los muchachos erómenos no se confundieran conpornóis, prostitutos que “a pesar de haber nacido varones cometen los pecados femeninos”. Estos pecados consisten justamente en el deseo y en la entrega voluntaria. Mujeres y prostitutos son vistos en Grecia como seres cuya debilidad los vuelve abyectos. Los prostitutos, que para el siglo V ya eran llamados únicamente putos, al igual que las mujeres, no tienen derecho a la ciudadanía, a la participación política, ni a presentar un caso frente a un tribunal. Pero el dato más revelador según Esquines, en su famoso Contra Timarco, es que la mayoría de los prostitutos son extranjeros y por lo tanto no es posible confiar en ellos. Así, el puto se construye como el Otro, aquel a quien hay que temer y despreciar porque después de haberse traicionado a sí mismo será capaz de traicionar a cualquiera.

Con esta carga de deshonra e indignidad la palabra puto atraviesa la Edad Media, ya no sólo designa a los hombres que ejercen la protitución sino a todos aquellos que sucumben ante su deseo por otro hombre. Es decir, a todos aquellos que, como mujeres, se entregan. Es justamente esta entrega la que los degrada. El puto es cobarde y traidor porque, en pos de su deseo, reniega de la masculinidad hegemónica. Renuncia a ejercer poder sobre las mujeres y se somete voluntariamente al mismo yugo que ellas.

Si, de acuerdo con Benjamin, todo documento de cultura es también un documento de barbarie, entonces será la lengua la principal transmisora de la barbarie. Es através de las palabras que recibimos y reproducimos nuestra idea de mundo. Y, en este sentido, ninguna lengua es inocente. Pensamos, hablamos y escribimos en español porque nacimos en un territorio que fue cruentamente colonizado por hispanoparlantes. La historia de nuestra nación inicia con un sometimiento económico y religioso, pero, en principio, lingüístico. Para imponer la ideología hay que imponer primero la lengua. De ahí la sentencia de Bajtín: “Nuestra consciencia despierta envuelta en una lengua que les pertenece siempre a los otros y no es posible pensar fuera de ella”. Las palabras no actúan distinto dependiendo del contexto, las palabras son en sí mismas un contexto. Por eso es que cualquier argumento que intente desanclarlas de su tradición no sólo es falaz sino francamente hipócrita.

Tomando en cuenta este paradigma es imposible creer a todos aquellos que afirman que si bien la palabra puto es un insulto no lleva consigo una carga de homofobia. Discurso e ideología, en esta y en todas las culturas, son inseparables.

La escena ocurre en un patio escolar, cuatro chicos rodean a otro ovillado en el piso, la boca le sabe a sangre y tierra. “¡Puto!” le gritan y lo patean, primero por turnos, después todos a la vez. El chico atacado ni siquiera conoce los nombres de sus agresores, jamás se ha metido con ellos ni con nadie. Después de la golpiza se levanta y camina en silencio hasta su casa. No es la primera vez que lo agreden por ser homosexual. Tampoco será la última.

La escena, que lleva años replicándose en todas partes del país, se repitió de nuevo hace unos días en el Ángel de la Independencia. Cerca de cinco mil aficionados de la selección mexicana acuden a festejar el empate con Brasil. El periodista Gabriel Primo intenta entrevistar a los ciudadanos que llegan a celebrar. Lleva una camiseta azul sin mangas y el cabello teñido, no hay nada más en su actitud o en su vestimenta que indique su orientación sexual. Sin embargo, cuando se acerca, micrófono en mano, es recibido con un grito coral de “¡Fuera puto!” Los aficionados lo cercan y lo insultan. “¡Lárgate puto!” le gritan mientras hacen el gesto de golpearlo. Le lanzan orina y lo empujan al suelo. Gabriel se levanta y se aleja lo más rápido que puede entre chiflidos. El festejo continúa. “¡No queremos putos aquí!” es lo último que alcanza a escuchar. La Jornada le dedica un par de líneas al acontecimiento. Después, el silencio.

Cuando alguien dice que la palabra puto no tiene una connotación homófoba debería preguntarse qué opina Gabriel Primo. Qué opinan los millones de Gabrieles Primo que viven en México y que han aprendido a sobrellevar una dosis de humillación cotidiana a cambio de una pretendida inclusión. Un mecanismo que halla su paralelo en esas mujeres que celebran los chistes misóginos con tal de ser aceptadas y de obtener la aprobación de sus “amigos” varones.

Así, en el estadio de futbol, como en la antigua Hélade, el puto no sólo es el débil y el cobarde que se identifica con las mujeres, también es el extranjero, aquel que rechazamos porque no es como nosotros. Recordemos que la viralizacón del grito de puto en los estadios fue causada por el descontento de la afición debido a la compra de Oswaldo Sánchez, portero del Atlas, por parte del América en 1996.

El puto representa todo lo que amenaza la concepción hegemónica de masculinidad. En el temor a esa amenaza está el origen del odio. Y este odio encuentra su máscara perfecta en el cinismo. Burlarse de “la corrección política”, pretender desemantizar las palabras para encubrir su discurso y ridiculizar a quienes lo señalan son solamente partes de esta máscara. Tratar de minimizar el valor de las palabras sólo pone en evidencia su verdadero poder.

Ahora bien, jamás estaré a favor de la censura ni considero que la solución sea excluir o prohibir ningún discurso. Estas líneas no son un exhorto moral ni de ningún otro tipo, nadie está fuera de la cultura homófoba que impera en México puesto que nadie está fuera de su propia lengua. No podemos elegir participar o no de la propia cultura pero podemos elegir reproducir o no sus manifestaciones de odio, principalmente, siendo conscientes de ellas. Si vamos a llamar a otro puto sólo porque creemos que nosotros somos muy valientes, habríamos de empezar por tener la valentía de reconocer la propia homofobia.

 

Un pensamiento en “De valientes y traidores

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s