De valientes y traidores

Tania Tagle

A Didier que me enseñó a ser valiente

“¿Qué es puto?” pregunta mi hermana de seis años a mi mamá durante la comida. Es 1998, yo acabo de cumplir doce y escucho a Molotov porque me gusta un chico de mi colegio que se dice fan. Mamá me dirige una mirada recriminatoria y suspira: “Puto es un hombre al que le gusta otro hombre, mi amor. Pero eso no se dice, es una grosería muy fea”. La definición me deja helada, por obvia y por reveladora.

Entiendo de pronto que llamar a alguien homosexual es el peor insulto que se le puede hacer. Lo que no me queda claro es por qué. “Porque va en contra de Dios” dice mamá que tiene una respuesta para todo. Para ese entonces ya no estoy segura de creer en Dios, así que decido que no tengo nada en contra de los homosexuales y que para mí la palabra no es una grosería. Cuando, meses más tarde, escucho a la afición mexicana en el mundial de Francia gritando puto durante los partidos, lo único que puedo pensar es que son todos muy cristianos y muy religiosos. Y quizá no me equivoco.

Sigue leyendo